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Libros con rating

¿Cómo y por qué se eligen las historias que se adaptan a la TV?

Hace ya algunos años que leo libros por encargo para una conocida productora de televisión. Tras cada lectura escribo un informe sobre la temática del libro, el desarrollo de los principales acontecimientos y algunas propuestas de cómo estos podrían, eventualmente, ser adaptados al lenguaje televisivo. Lo interesante de ese trabajo es, sin duda, la cantidad de libros tan diversos que me ha tocado leer y las preguntas que me han suscitado. Soy profesora de literatura y, aunque reflexionar sobre ella es algo que he hecho de múltiples maneras, este ejercicio me ha enseñado a ver las historias con una perspectiva peculiar.

Y bien, ¿cómo saber si un libro podría funcionar o no para ser adaptado? Empecemos por lo más evidente, la motivación de los personajes. Algo debe hacer que se muevan y avancen. En 1949, Joseph Campbell escribía su ya clásico El héroe de las mil caras en donde analizaba mitos y leyendas de diferentes culturas y encontraba un patrón narrativo que tendía a repetirse o, por decirlo de otra manera, una fórmula que funcionaba. En esas páginas Campbell habla del “llamado del héroe”: ese algo que impulsa al protagonista a dejar su cómodo mundo y salir en busca de aventuras. En una saga como Game of Thrones, por ejemplo, esa motivación es fácil de identificar: acceder al trono de los siete reinos o estar cerca de él. Esto impulsa a la mayoría de personajes, que por supuesto, como también lo señalaba Campbell, deberán superar obstáculos para lograr su cometido, además de hacerse de aliados e, inevitablemente, de enemigos durante el proceso. Pero no a todos los personajes los instiga el trono, pensarán algunos, y tienen razón, porque otro ingrediente indispensable al pensar en hacer una adaptación televisiva es contar con una cantidad suficiente de subtramas que permitan ampliar la historia central, generando otros puntos de atención y, claro, más capítulos. En ese sentido las sagas, varios libros que giran entorno a un mismo universo en el que se desarrollan historias conexas, parecen una buena opción. Volviendo a Game of Thrones, no está de más recordar que George R. Martin rechazó durante años la propuesta de llevar sus novelas al cine por considerar que se sacrificarían demasiados aspectos de la historia para adaptarse a una duración corta. Pero la serie parece haberle hecho justicia, no solo a él sino a HBO, que tomó la decisión de embarcarse en la costosa realización requerida para recrear ese universo fantástico. Por supuesto, la fidelidad es incompleta y algunos personajes desaparecieron, otros se fusionaron y ciertas subtramas fueron modificadas por completo.

Game of trhones suele ser un referente al hablar de adaptaciones exitosas pero hay muchas otras: Gossip Girl (ocho libros de Cecily von Ziegesar), y True Blood (doce libros de Charlaine Harris), por ejemplo, eran ya éxitos de ventas antes de dar el salto a la pantalla chica. En todos estos casos, y a pesar de respaldarse en varios libros, las series han podido en cierto punto separarse de la obra literaria sin líos. Un caso ejemplar es el de la recientemente cancelada House of Cards, en la que una historia local se adecúa a un clima diferente. La serie producida por Netflix es una adaptación al contexto norteamericano de la serie británica del mismo nombre, la cual se inspiró en la trilogía escrita por Michael Dobbs. Miren ustedes el alcance intercontinental de la cosa.

 

Aunque contar con una saga bien establecida puede ser un gran punto de partida, un solo libro puede ser suficiente para plantear un universo. En el pasado, la exitosa Dallas, basada en un solo libro escrito por Burt Hirschfeld, tuvo la bobadita de 357 capítulos y tres telefilmes. El público quedó prendado entre 1978 y 1991 ante la historia de los Erwing, una familia dueña de una petrolera y de una hacienda ganadera. Personajes bien delineados, entre los que se contaban villanos carismáticos y unos pocos héroes atribulados, lograron la formula ganadora en un momento en que la audiencia quiso que le mostraran el lado oscuro de los ricos y los dramas que afrontaban. El mundo planteado en la novela fue suficiente como punto de partida para trazar diversas líneas narrativas; cuando estas se agotaron fueron remplazadas por otras ideadas a partir del mismo contexto. Con el tiempo fueron sumándose nuevos personajes para enriquecer la trama. La serie había adquirido vida propia.

Pero no solo los libros de ficción pueden cumplir los requisitos de las productoras. Candace Bushnell recopiló en un libro diversos ensayos en los que trataba la búsqueda del amor, el sexo y los diversos personajes que se cruzan en una ciudad como Nueva York. Su mirada cargada de humor e ironía se convirtió en Sex and the City, un caudal narrativo que resultó en seis temporadas y dos películas. Es el caso, también, del libro autobiográfico Orange is the New Black: My Year in a Women’s Prison de Piper Kerman, en el que se inspiró la conocida serie de Netflix. Como lo indica el título, la autora cuenta su experiencia como reclusa en el sistema penitenciario. De nuevo, el texto es solo un punto de partida. En los dos casos anteriores se plantea un argumento original, y en su momento poco explorado (mujeres modernas e independientes y sus relaciones en una Nueva York chic o lo que sucede en una cárcel femenina), que deja a los libretistas crear personajes interesantes y subtramas enriquecedoras.

Ya se habrán dado cuenta de que he mencionado varias veces cierta palabra; al leer pensando en hacer una adaptación, lo fundamental es centrar la atención en ese “universo” planteado y los personajes que se desarrollan en él, por encima de cualquier consideración literaria que se tendría en cuenta para valorar la obra en otros ámbitos. Es decir, poco importan finalmente la prosa o los artificios de estilo, y aunque muchas veces aquellos que son adaptados son libros bien escritos y de agradable lectura, estas no son características indispensables. Lo esencial es la semilla para una historia en otro formato y por ello muchas grandes obras literarias no resultan interesantes para una adaptación.

Las obras en las que las reflexiones o los largos diálogos priman sobre las acciones, y que funcionan muy bien en el papel, parecen quedarse cortas en el momento de pasar a la TV, porque hay muy pocas acciones y puntos de giro, lo que implica tener que crear demasiado, casi inventar del todo la trama. Un caso emblemático es el de Cien años de soledad. A primera vista parece tenerlo todo: una saga familiar llena de eventos y puntos de giro con personajes únicos pero adaptar esa historia, construida gracias a una laborioso trabajo de carpintería lingüística, es prácticamente imposible. ¿De qué manera, por ejemplo, hacer subir a Remedios la bella al cielo sin que se vea ridículo o artificioso? Lo que funciona en la página, gracias al lenguaje que lo sostiene, pierde sentido o fuerza al transformarse en imagen. García Márquez, que era un gran conocedor del cine y del lenguaje audiovisual lo sabía muy bien, por eso nunca aceptó que se realizara una adaptación de ese libro (y los que sí fueron adaptados en películas no tuvieron siempre los mejores resultados).

Sin embargo, y esto es quizás lo más interesante de hacer este ejercicio de lectura pensando en adaptaciones televisivas, toda regla es susceptible de transformarse. Hace unas semanas, precisamente Netflix estrenó Mindhunter, una serie dirigida por el conocido director David Fincher, el mismo de Seven y la fantástica Zodiac. La serie está basada en el libro Mindhunter: inside FBI’s Elite Serial Crime Unit de Mark Olshaker y John E. Douglas. Lo interesante aquí es que Fincher evita lo que antes señalé como indispensable: ¡la acción!, en apariencia imprescindible tratándose de una serie policial. La historia retrata el momento en que dos agentes del FBI, durante los años 70, inician una serie de visitas a asesinos seriales (termino que empezó a usarse por esa época). Fincher decide que los atroces crímenes sean narrados, no mostrados. Estamos ahí, como lo estuvieron estos agentes, escuchando el relato en boca de estos hombres, intentando entender, si es que eso es posible, en qué momento dejaron de ser como nosotros para convertirse en asesinos despiadados. Hay mucho de literatura en esta decisión de Fincher: lo que imaginamos puede ser aún peor que lo que vemos, y el solo relato es suficiente para helar la sangre. En general la serie ha recibido críticas muy positivas, aunque no faltan quienes ven en ella numerosas fallas y esperan con escepticismo una segunda temporada. Lo cierto, como ya se ha dicho tantas veces, es que la televisión norteamericana goza de muy buena salud en el momento y se corren cada vez más riesgos sin temor de romper formas tradicionales y comprobadas.

La producción de televisión en el mundo hispano ha sido todo menos ajena a la adaptación desde la literatura y aunque se ha mostrado más conservadora en materia de desarrollos –por lo menos en esta época–, en los últimos años está intentando reinventarse y correr nuevos riesgos. En todo caso es necesario diferenciar la TV abierta, lo que se consume en canales como Caracol y RCN, de las producciones hechas explícitamente para plataformas de contenido.

Por ejemplo, en Netflix es posible encontrar Cuatro estaciones en la Habana, que se llevó hace poco el Premio Platino a la mejor miniserie o teleserie cinematográfica iberoamericana. En ella cada capítulo corresponde a la adaptación de una novela escrita por Leonardo Padura. Es más, el primer capítulo se presentó inicialmente en cines como una película. La acción sucede en los años noventa en Cuba, durante el período especial, época en la que el particular detective caribeño Mario Conde se enfrenta a diferentes casos policiales. La serie buscó capturar la esencia de los libros, ahí está el melancólico y solitario Conde interpretado por el veterano actor Jorge Perugorría, soltando de tanto en tanto unas frases lapidarias y contundentes (el guion estuvo a cargo de Padura y de su esposa, una reconocida libretista) mientras camina por una Habana desvencijada y calurosa que es un personaje más del relato. A pesar de estar circunscrita a un espacio y ambiente muy especifico, en suma, a pesar de ser “local”, la historia ha atraído a espectadores muy diversos (como pasó antes con los libros).

En el caso colombiano, las productoras han solido recurrir a la literatura, aunque sorprenda a más de uno, en busca de inspiración e ideas poco convencionales. Esto era aun más cierto hace algunas décadas, cuando no era extraño ver producciones supremamente arriesgadas, antes de que desaparecieran las programadoras y quedáramos a merced de dos canales privados.

Baste recordar producciones como La tregua, de 1980, telenovela realizada a partir de la novela homónima de Mario Benedetti, o La casa de las dos palmas del escritor colombiano Manuel Mejía Vallejo, adaptaba en 1990 en una serie que tuvo una gran acogida y que le valió a Martha Bossio un Premio India Catalina por mejor adaptación de un libro a televisión. Fueron muchos los espectadores presos de esta historia que, mientras exploraba la colonización de Antioquia, señalaba temas sensibles y controvertidos a nivel social y ético.

Otro caso interesante y representativo es el de Cuando quiero llorar no lloro, novela escrita por el venezolano Miguel Otero Silva. Su adaptación homónima para televisión, conocida popularmente como “los Victorinos”, fue dirigida por Carlos Duplat en 1991 y marcó a toda una generación con una premisa enganchadora: tres niños nacen el mismo día y llevan el mismo nombre, pero pertenecen a clases sociales diferentes. Una fatal profecía se cierne sobre ellos: cuando se encuentren los tres, morirán. Una propuesta innovadora en que la que los personajes no estaban tan fácilmente definidos en blanco y negro. Y aquí la prueba de que una buena historia puede adaptarse sin problema a nuevas necesidades: en 2011, la historia volvió a las pantallas pero esta vez protagonizada por mujeres. Se llamó Tres Milagros y consiguió, a su vez, tener un buen rating.

¿Y qué hay de las adaptaciones en nuestras latitudes de libros que no sean de ficción? También las hay. Nuestro Sex and the city, guardando las justas proporciones, sería Los caballeros las prefieren brutas. La serie se inspiró en el libro, del mismo nombre, en el que Isabella Santodomingo reflexiona con humor sobre las relaciones de pareja, el divorcio y las citas, entre otros temas por el estilo. Para la adaptación, como en el caso gringo, se inventaron personajes, se creó un eje argumental y algunas subtramas, e incorporó, no podía faltar, el equivalente a una especie de villana. Por otra parte, y para nadie es un misterio, los biopics, o series basadas en vidas reales de personajes conocidos están a la orden del día desde hace ya un tiempo. Sin embargo, no suelen basarse en un único libro, por obvias razones: en primer lugar, el caudal de testimonios de familiares, amigos y conocidos es una fuente fundamental. En segundo lugar, para conseguir ritmo o abrir subtramas es común que de plano se inventen acontecimientos en la vida de los protagonistas. Tener un texto como única fuente no siempre tiene tanto sentido, sobre todo cuando la TV abierta suele evitar los momentos más polémicos de sus héroes, dándoles cierto brillo permanente a personajes que también pueden haber tenido episodios más bien turbios (no siempre se soporta diluir la línea que supuestamente separa a los buenos de los malos).

 

Lo cierto es que en cada época parecen primar ciertos temas, por encima de otros y ese, claro, es otro criterio de selección. Curiosamente, y contrario a lo que acabo de señalar sobre los biopics, en los últimos años las series o telenovelas centradas en personajes de moralidad dudosa, difícilmente clasificables –una suerte de antihéroes a los que se admira, desprecia y teme en partes iguales– han tenido gran éxito. Y claro, la atracción por este tipo de historias ha propiciado que el mundo del narco y todo lo que lo rodea sea llevado a la TV. Varios libros sobre el tema, y en este caso en particular algunos autobiográficos, han terminado convertidos en algún producto audiovisual. Es el caso de El cartel de los sapos, serie basada en el libro escrito por el ex narcotraficante colombiano Andrés López, en que relata su experiencia al interior del Cartel del Norte del Valle. Sobre este tema, y regresando a la ficción, un caso muy interesante es el de Rosario Tijeras, la novela de Jorge Franco. La historia de esta mujer sicaria que creció en las comunas de Medellín, de la que se enamoran fatalmente dos jóvenes de clase alta, fue traducida tanto al cine (en una película bastante fiel al libro), como a una exitosa serie de 60 capítulos. No es solo que la trama correspondiera al interés creciente por esa suerte de antihéroes, sino que añadía el hecho original de tener como protagonista a una bella y dura mujer. A esto se sumaba, una sustancia siempre apreciada y fundamental: la historia de amor. Basta un breve repaso a todas las series que he nombrado y en todas ellas, o casi todas, este es un componente esencial. Qué le vamos a hacer, nos encanta ver a la gente enamorarse y sufrir por ello. ¿En qué circunstancias surge el amor?, ¿logrará realizarse?, ¿qué obstáculos conocerá? Ahí un punto de partida perfecto para la creación, si no de un eje narrativo, sí de una o varias subtramas cautivadoras. Rosario Tijeras, por ejemplo, a su inusual protagonista sumó un triangulo amoroso que, además, desafiaba un cliché de los relatos tradicionales. Mientras en las telenovelas clásicas el hombre rico se enamora de una mujer pobre y la saca de su mundo, en este caso los ricos terminaban arrastrados a la violenta realidad de Rosario.

En la actualidad nuevas producciones se alejan de este universo de narcos y violencia y buscan acercarse a relatos más tradicionales en los que, sin embargo, no se dejen de lado temáticas modernas. Un caso llamativo es el de la telenovela Cuando vivas conmigo, emitida en 2016. Se trata de una adaptación de la novela de Mario Vargas Llosa El héroe discreto. “Hemos transformado un discurso literario en uno audiovisual”, dijo Dago García, vicepresidente de contenidos de Caracol, en el momento de su estreno. En realidad hicieron más que eso, convirtieron un libro protagonizado por dos hombres peruanos en una historia que sucede en Girardot contada, al contrario de la novela, desde el punto de vista de las mujeres.

Este último ejemplo introduce una nueva variante, la premisa inicial planteada por el libro puede ni siquiera ser respetada o simplemente ser abordada desde otro ángulo si este permite el desarrollo de los elementos que he ido explicando mientras se adapta a temáticas que generan interés, en este caso, por ejemplo, y algo que es una tendencia en varios mercados: buscar retratar mujeres valientes aguerridas e independientes que consiguen sobrellevar diversas dificultades.

Debo aclarar, por si queda alguna duda, que yo no decido qué o cómo se adapta; soy solo el primer eslabón en una larga cadena en la que se decide qué libro mirar con mayor detenimiento. Y en esa cadena no solo se tendrán en cuenta los últimos ratings y cómo se han comportado ciertas producciones sino que además contemplará el factor decisivo: el costo de producción. ¿Cuánto dinero requiere la adaptación? Quizás todos los otros criterios están satisfechos, la historia es buena, los personajes bien delineados y no es difícil imaginar cómo crear nuevas e interesantes subtramas que enriquezcan el desarrollo; digamos incluso que, por si fuera poco, la temática corresponde o puede adaptarse con facilidad a los intereses coyunturales detectados en la audiencia. Pero, y es un pero muy grande, si realizarla es muy costoso (esto puede incluir la compra de derechos de la obra) se va a preferir no correr el riesgo.

Las múltiples plataformas y posibilidades de consumo solo parecen demostrar que estamos ávidos de recibir relatos siempre nuevos o actualizados, deseosos, finalmente, de que alguien nos cuente un cuento. El que las historias de los libros sean adaptadas a otro formato es la respuesta a esa ansia; una manera de escapar a la realidad o de verla, de nuevo, reconfigurada y desde otra perspectiva.

Hay algo mágico en que se invierta tanto tiempo y dinero en ello. En que personas como yo estemos encargadas de entrever un rating en esos libros.

Artículo publicado originalmente en la revista El malpensante No 192  Diciembre de 2017

Diana Ospina Obando

Diana Ospina Obando

Escribir, leer, ver películas, viajar...¿me faltó algo?