Julio Ramón Ribeyro es uno de esos autores que todo el mundo debería conocer.

Ya llevaba un año muerto cuando me leí, casi de una sola sentada (en uno de esos estados de trance tan deliciosos que se tienen cuando se lee en el momento justo el libro adecuado), en 1995, la edición de Alfaguara de sus cuentos completos.

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Desde entonces vuelvo seguido a sus páginas para releer un cuento, para trabajar alguno en una clase y siempre me sorprende como, con una prosa tan sencilla y limpia, consigue construir unos relatos tan variados, contundentes, llenos de reflexiones y a la vez, muchas veces, cargados de humor.

 Los personajes de sus cuentos son, por regla general, no diré seres comunes y corrientes sino, más bien, seres anodinos, grises, a quienes la vida no les ha dado mayores alegrías. Como afirma Bryce Echenique en el prólogo de la edición de Alfaguara: “el autor quiere darles una voz, al menos una vez, a aquellos personajes que han quedado expulsados del festín de la vida.”

Efectivamente, muchos de sus cuentos están dedicados a estas vidas minúsculas, alejadas de la grandeza, a personajes prisioneros de sí mismos y sus temores, a seres resignados a una vida mediocre que nos sirven de espejo de los peores males de nuestra sociedad.

Ribeyro desmenuza sin miramientos una clase media atrapada en sus anhelos incumplidos, resignada a la lambonería y la admiración de quienes considera superiores y sin posibilidades reales de cambiar su suerte. Señala del dedo, por dar dos ejemplos, , el menosprecio de la clase alta hacia las clases menos favorecidas (“La piel de un indio no cuesta caro”) y la admiración incondicional por todo lo que venga de los Estados Unidos y el deseo absurdo de, siendo latino, convertirse en gringo (“Alienación”).

Nutre sus historias con lo que ve día a día, las desilusiones cotidianas, los ligeros atisbos que tienen algunos de cambiar su suerte para, descubrir con fatalidad, que todo parece ya decidido así se ve, por ejemplo, en los cortos y contundentes “El tonel de aceite”, “El profesor suplente”, “El jefe”, en los que los personajes terminan doblegados, casi predestinados a la fatalidad.

En otros relatos Ribeyro coquetea con lo fantástico como en “El libro en blanco” o “Doblaje” por citar solo dos. En algunos muy autobiográficos mezcla con destreza recuerdos y reflexión como en “Los otros”, un homenaje literario a aquellos que conocieron la muerte antes que él, o como en su conocidísima nouvelle “Solo para fumadores” en la que narra con frescura y humor los pormenores de su larga y total dependencia al cigarrillo.

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Por último no puedo dejar por fuera la enorme capacidad descriptiva que tiene Ribeyro, la fuerza con la que nos lleva a los sitios que dibuja en sus cuentos y nos muestra la sordidez, desesperanza o ilusiones de sus personajes, pienso en particular en “Juventud en la otra ribera” (historia de un desencuentro con París) y la hermosísima nouvelle “Silvio en el Rosedal” en la que con maestría y sencillez Ribeyro consigue reflexionar sobre la manera cómo se construyen los deseos y se le da sentido a la existencia.

Un autor imprescindible al que recomiendo mucho.