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Felipe

Por febrero 21, 2008 febrero 23rd, 2015 No hay comentarios

Cuando pienso en Felipe pienso en muchas cosas a la vez.
Pienso en las casualidades que terminan por no ser tan casuales como cuando lo vi entrar al stand de Alfaguara, en el que yo trabajaba, durante la Feria del libro. Me basta cerrar los ojos para verlo con su abrigo azul mirando libros, callado, serio, guapísimo. Me basta abrir algun cuaderno de esa época (1995) para encontrar su nombre entre las páginas y reconstruir una historia que nació un día en un stand y que necesitó tres visitas más de él y mi terca y absoluta autodeterminación de ir a buscarlo a la Nacional para empezar a ser una historia.

felipe

La primera vez que me tomé un café con Felipe hablamos de libros, de obsesiones, de películas como lo haríamos después tantas otras veces.
Almorzamos algunos días, nos sentamos en una banca del Parque Nacional a ver transeuntes despreocupados y tráficos secreto que yo ignoraba.
Ahí arrancó nuestra amistad aunque después de un viaje mío a Cuba los regalos se quedaron guardados y miré, sin entender mucho la cosa, la iguana amarilla que le había traído recoger polvo entre mis estantes.
Cuando pienso en Felipe recuerdo siempre nuestro segundo reencuentro, mejor, más intenso y vital (quién dijo que no eran buenas las segundas partes). Recuerdo los atardeceres en las Torres del Parque, las largas conversaciones, las caminatas y los planes disparatados siempre cargados de histrionismo, literatura y humor.
Recuerdo la promesa que nos hicimos en la Santamaría y el esfuerzo que a partir de entonces hemos hecho por mantenerla.
Fueron pasando los años y a pesar de la distancia hemos conseguido mantenernos unidos hilando esta hermandad extraña, nosotros que tenemos a dos madres nacidas el mismo día y con el mismo nombre, nosotros que crecimos solos y hemos llenado con palabras e historias el silencio.
Felipe ha estado junto a mí todo este tiempo acompañandome desde su trinchera, desde su castillo, desde su buhardilla, depende del día y de su estado anímico. Me ha retado, me ha querido, me ha hecho reir y llorar pero nunca jamás ha dejado de entregarme sus palabras, hasta hace poco que se silenció durante varias semanas….
Solo el sábado supe que casi lo pierdo, “que la parca le pasó cerca” como dice él y al rozarlo le ha dejado cicatrices imborrables.
Él apenas se recupera, yo aún no respiro tranquila de solo pensar que casi no vuelvo a recibir un mensaje suyo, a sentir su presencia distante pero presente junto a mí, más presente que otras que están tan cerca.
Casi lo pierdo…. casi se va….
Ahora estoy lejos y no puedo visitarlo y tomarle la mano en silencio y verlo sonreir. No puedo leerle una historia, acompañarlo a su casa o prepararle una taza de café.
Espero a que sea el fin de semana para escuchar su voz y confirmar que está vivo, que no se ha ido, que el aire sigue llenando sus pulmones, que volverá algún día a su casa así sea solo a recoger sus cosas y que empacará la iguana amarilla que le traje de Cuba y le entregué 11 años después.
Cuando pienso en Felipe, hoy que pienso en él, pienso en París y en nuestros días juntos allá, en los largos paseos y la dulzura de su cálida presencia.
espero que me sienta cerca y que escuche el secreto que le susurro al oído en su cama de hospital: “me alegra infinitamente que estés vivo”