Norman, tragicomedia en cuatro actos.

Los primeros  cinco minutos de la película son suficientes para conocer a Norman, un hombre mayor, algo jorobado y torpe, quien persigue hablando sin parar y sin ningún tipo de pudor a alguien mientras hace ejercicio.  No está loco, lo que ocurre es que Norman Oppenheimer es el gerente de su propia empresa, que no es otra cosa que él solo, armado de un teléfono y ofreciendo a quien quiera escucharlo la solución a sus problemas. “Dime qué quieres” es su lema y él dice que, sin duda alguna, te lo conseguirá (precisamente la traducción al español del título se centra en eso: Norman: el hombre que lo conseguía todo). Es cierto que a veces no se lo piden y, sin embargo, él estará allí, como en esa primera escena, listo a hablar con los que considera importantes para ofrecerles cosas. Así funciona porque Norman es un fixer, o quiere serlo, alguien que gracias a sus conexiones podrá hacer posible lo imposible. Todo eso suena muy bien pero como espectadores dudamos de que sea posible que el pueda lograr cualquier cosa cuando vemos a este Richard Gere, completamente alejado de su faceta de galán y demostrando, quién lo creyera, que es un buen actor, deambular solitario, siempre con el mismo abrigo, mientras hace llamadas sin parar e  intenta colarse a reuniones donde no ha sido invitado.

Esta es la primera película hecha en Estados Unidos por el director y guionista israelí Joseph Cedar  quien cuenta en cuatro actos las peripecias de este supuesto fixer profesional cuando parece, al fin, haber alcanzado un pequeño éxito inesperado. La música enfatiza el tono de sainete que escoge Cedar para contar esta especie de pequeña fabula triste en la que el espectador a veces se ríe, pero con una risa triste, a veces se apena y otras se enfada con este Norman- nunca a Richard Gere se le vieron los ojos más pequeños-  al que se le ha permitido saborear el éxito antes de la caída final. Así lo anuncia el explicito título en inglés: Norman: The Moderate Rise and Tragic Fall of a New York Fixer. Es que finalmente lo importante aquí no son los giros o las sorpresas sino la manera cómo Cedar escoge hacer el retrato de este fracasado mientras entendemos cómo funcionan las relaciones entre los poderosos, las diferencias entre los judíos neoyorkinos y los israelíes, el poder de la religión en la política  y lo variable que puede ser el concepto de justicia.

Tal vez porque la mayoría de la película sucede en círculos de poder, en reuniones sociales (y superficiales) quisiéramos sentir la película más mordaz pero Cedar escoge quedarse en el retrato, en la contemplación de este mundo que parece más un escenario en el que todos juegan un papel predeterminado.

¿Quién es realmente Norman? ¿Qué desea? Nada, sacar una oportunidad, sentir que en ese circo triste en el que se ha convertido su vida, por una vez, los reflectores lo iluminarán. Quizá con eso baste, por lo menos para personas como él.

 

Texto publicado originalmente en la web de Kinetoscopio

Diana Ospina Obando

Diana Ospina Obando

Escribir, leer, ver películas, viajar...¿me faltó algo?