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Entre dos culturas

Los lazos que nos unen a un país, a una cultura, pueden construirse, o surgir, de maneras insospechadas y, muchas veces, ser de una naturaleza difícil de determinar.

Por alguna razón muchos de los miembros, tanto mi familia materna como de mi familia paterna, terminaron por unir sus destinos a Francia y su cultura.

En las primeras décadas del siglo pasado el francés era la segunda lengua que se enseñaba en ciertos colegios y Europa el continente que se miraba con admiración.

Aún el inglés no era el punto de referencia, ni la cultura norteamericana había conseguido exportar con éxito su americanway of life a gran parte del planeta.

Por diferentes razones mis cuatro abuelos terminaron por aprender francés. Mi abuelo paterno fue embajador de Colombia en París. Durante cuatro años mi mamá y mis tíos vivieron en esa ciudad. Mi mamá era la mayor y el impacto que produjo esa vivencia en ella, en pleno paso de la niñez a la adolescencia la marcaría de por vida. Fue a ella a quien la llamada ciudad luz le dejó las huellas más profundas e imborrables.

Mi abuela materna aprendió francés por puro y físico amor a esa cultura, a su literatura, sus artistas, y su comida. Tomó la decisión de meter a sus hijos al Liceo Francés Louis Pasteur y de perfeccionar el francés que había alcanzado a ver en el colegio. La vida le daría después la oportunidad de acompañar a mi abuelo como embajador de Colombia en la Haya cuando ya sus hijos eran mayores, lo que le facilitó inventarse, cada vez que podía, excusas para escaparse a París en carro, “los dentistas franceses son más suaves y tienen las manos más pequeñas” era una de ellas.

Lo cierto es que desde la primera vez que tuvo la suerte de visitar la capital francesa se sintió completamente prendada por esa ciudad, “hasta el olor del metro me gusta”, decía sonriendo.

 

El Liceo Francés Louis Pasteur

 Mis papás se conocieron y se enamoraron en el Liceo, en medio de libros de francés. Nunca dudaron que debía entrar yo también a ese colegio, así que terminé creciendo irremediablemente atada a esa cultura que sin embargo, no es la mía ni tendría por qué serme tan cercana.

En las casas de mis abuelos y en la mía siempre hubo libros en francés y siempre fue normal que todos entendiéramos de alguna manera ese idioma.

Escuchar la Marsellesa los lunes, en la infaltable izada de bandera siempre me conmovió de la misma manera que cuando escuchaba el Himno Nacional .

Tanto en los salones de clase como en las discusiones en mi casa se solía insistir en la importancia de la argumentación, uno de los cimientos de la cultura francesa. A veces pareciera que se trata de discutir por discutir pero más bien tiene que ver con no tragar entero. “Dudo luego existo” dijo alguna vez Descartes y los franceses lo escucharon.

Francia no se ha tomado a la ligera su sistema educativo y ha invertido tiempo y dinero a pensarlo, diseñarlo, a hacerlo completamente accesible a sus ciudadanos y a convertirlo en una herramienta que les permite llevar su cultura a otros países (tuvieron que pasar muchos años para que supiera que existen 480 liceos franceses fuera de Francia siguiendo los mismos programas). Gracias a eso me beneficié, por un lado, de profesores que habían tenido la posibilidad de vivir en otros países, que conocían otras culturas y nos abrían el mundo con sus conversaciones y, por otro lado, me permitió tener compañeros que llegaban de otros lugares cargados de historias, creencias y pensamientos.

Crecí con personas muy variadas y distintas y eso, en una sociedad como la colombiana, que tiende, muchas veces, a ser excluyente y egocentrista, fue, sin duda, un privilegio.

Por todo esto, nunca me pareció extraño tener un compañero con cresta punk o pelo largo, o que alguna compañera tuviera algún mechón de colores. A pesar de que existía un uniforme este no buscaba que todos tuviéramos que vernos exactamente igual y siempre fue normal exhibir las diferencias.

Como mujer nunca estuve obligada a usar faldas a alturas precisas y conté con la opción de usar jean o pantalón para ir al colegio si me apetecía hacerlo. Fue solo al salir, ya en la universidad, que descubrí con sorpresa que muchas cosas que para mí eran normales no lo fueron para otros. De una u otra manera, aprendí que las diferencias físicas, religiosas, culturales o socioeconómicas no podían ser argumentos válidos a la hora de criticar o defender una idea y que sería solo la coherencia, la lógica y la solidez de mi discurso lo que debería contar.

 

Francia

 

A París tuve la oportunidad de descubrirlo de la mano de mi abuela y ella se encargó de mostrármelo con los ojos del amor. Es difícil no impresionarse con sus grandes avenidas , con las impecables perspectivas y equilibrios que creó el barón Haussman por allá en 1800, es cierto que la manera como el sol baña los edificios en piedra y la luz se refleja sobre el Sena parecen sacados de tarjetas postales Basta ver la sucesión de imágenes parisinas con las que se inicia Midnightin París de Woody Allen para regodearse con esa ciudad fotogénica.

Es una ciudad en la que el pasado habita y donde me puedo imaginar a Cortázar caminando, construyendo una obra latinoamericana sobre cimientos franceses intentando explicar lo inexplicable: esas especie de fisuras a través de las cuales la fantasía penetra nuestra realidad. Cortázar es un muy buen ejemplo de cómo un latinoamericano termina encontrando su lugar lejos de casa, un lugar en el que lejos de perder sus raíces estas terminan por asentarse y crecer.

He hablado solo de París como si eso fuera Francia porque al comienzo no podía dividir y porque necesité que pasaran los años para vislumbrar la diversidad de un país lleno de contrastes y riquezas: desde las calles estrechas de Marsella y los barcos anclados en su puerto, los valles coloridos de Aix-en-Provence, el frío de Lille y sus calles de sorpresas, los nenúfares de Monet en Honfleur, el encanto misterioso del Mont Saint-Michel y los vientos indomables de Normandía.

No se trata solo de espacios físicos, de lugares que se pueden recorrer es, también, cómo no decirlo, la cadencia de su idioma, el mismo de Verlaine, ese que le permitió a Baudelaire describir los “paraísos artificiales” y a Rimbaud darle color a las letras. El que utilizó Ionesco para convertir hombres en Rinocerontes y llevar el absurdo al teatro; el que permitió a Camus describir a Sísifo feliz; el que usó Simone de Beauvoir para hablar del “segundo sexo” y Marguerite Yourcenar para adentrarse en la mente del emperador Adriano.

 

El presente

Con los años me enfrenté a la inevitable paradoja: soy colombiana no francesa.

Y sin embargo mi destino parece seguir estando inevitablemente unido, entrelazado con ese país.

La vida, esa que a veces nos lleva a lugares insospechados y nos saca de los planes que nos hemos trazado, terminó por llevarme de regreso al Liceo Francés. Hace ocho años que enseño literatura allá. Literatura colombiana, latinoamericana, española. Devolverse al colegio, esta vez desde otra posición, ha sido la posibilidad de entender aún más ciertas cosas que viví y recibí en su momento y de mantenerme conectada a una cultura que ha sido tan preciada en mi vida.

Aunque enseño en español mis clases se rigen por la estructura francesa y se adaptan a las exigencias del programa educativo francés. Mi trabajo me ha permitido viajar a Liceos Franceses dentro y fuera del país , conocer a mis colegas de otras latitudes, intercambiar diferencias y puntos de vista. De una u otra forma es difícil no sentirse parte de un gran sistema.

De mis exalumnos muchos se han ido a realizar sus estudios superiores a Francia, atraídos por un sistema educativo gratuito que les ofrece múltiples posibilidades y ayudas financieras. Así que, para mí, viajar a Francia ya no es solo, como si fuera poco, ir a un lugar donde recorro los caminos que visité con mi abuela, o la posibilidad de ver viejos amigos que terminaron construyendo su vida allá sino que, además, es la posibilidad de ver a esas nuevas generaciones, a esos que vi crecer frente a mis ojos (una de las dichas de ser profesor en un colegio) y escucharles sus historias, sus descubrimientos, su paso a la adultez estando muy lejos de casa.

Mis hijas están en el colegio, continuando (¿repitiendo?) la tradición familiar. Me hubiera parecido extraño no poder hablar francés con ellas y sentirlas excluidas de un sistema que cada vez entiendo y conozco mejor.

 

Conclusión

Colombia es y ha sido siempre mi país. Me he preocupado por conocerlo, recorrerlo y he intentando entenderlo, empresa, a ratos, difícil y azarosa, leyendo sobre él todo lo que he podido.

Lazos profundos y entrañables me unen no solo a este lugar de contrastes, de muerte y esperanza sino al continente latinoamericano, del que han surgido tantos escritores y artistas que admiro y me conmueven. Sin embargo, algo de esa cultura tan lejana y ajena, como puede ser la francesa, siempre está conmigo y es así como, por esas paradojas irremediables, por esos vasos comunicantes que se crean a veces, que heredamos y reinventamos sin saberlo, siento que algo siempre me falta cuando estoy aquí y que añoro mi tierra cuando estoy en Francia.

 

Con los años he terminado por creer que es posible crecer como un híbrido feliz y que quizás, en la feliz combinación de lo mejor de las dos culturas que me habitan es posible encontrar una suerte de plácido equilibrio exitoso.

 

Publicado originalmente en el Crónica Universitaria Revista de la Universidad Sergio Arboleda No43  Edición especial dedicada a Francia 2014

 

 

Diana Ospina Obando

Diana Ospina Obando

Escribir, leer, ver películas, viajar...¿me faltó algo?