Hace un mes leí la historia de un estudiante bogotano de 11 años que se ahogó durante un paseo escolar. Al parecer Robinson Mendoza se lanzó por un rodadero a una piscina en Silvania. Los padres exigen se investigue arduamente el caso para determinar con claridad qué ocurrió y por qué (un doloroso por qué) los profesores desatendieron al niño aunque este no sabía nadar.
No sé qué más habrá pasado con el caso, no encuentro información en internet y no deja de ser inquietante que al buscar información sobre este niño me he encontrado muchos casos similares ocurridos en diferentes partes.

El drama que vive su familia debe ser terrible, no lo dudo ni por un instante, perder un hijo en esas circunstancias tan trágicas debe remover todo tipo de sentimientos. Sin embargo, si escribo ahora sobre el caso es porque he pensado mucho en los profesores e intento imaginarme su historia. Entiendo que los padres del niño los juzguen severamente pero no dudo que ellos también deben estar pasándola muy mal. Al leer la noticia sé que muchas personas no dudaran en creerlos culpables en imaginarse que seguro estaban haciendo “quién sabe qué” mientras los niños estaban descuidados a pesar de que supieran que varios de ellos, como Robinson, no sabían nadar. Sin embargo, yo no puedo evitar contarme otra historia, quizás falsa, en la que ese paseo a Silvania logró llevarse a cabo tras muchos esfuerzos y variadas reuniones con la ilusión de llevar a los niños a otro clima a convivir en un lugar alejado de la gran ciudad por unas horas y de repente, sin saber mucho cómo, ni a qué horas, se enfrentaron al hecho de que Robinson se había ahogado. Me imagino el terror, el dolor y la culpa de ver un niño, un alumno, que estaba bajo nuestra responsabilidad ahogado frente a nosotros. Ni pensar en cómo tuvieron que controlar a los otros niños mientras esperaban aún, que no fuera cierto, que se pudiera salvar y al final, tomaron aire para realizar la llamada fatídica y avisar del trágico suceso. No me imagino lo que han sido las noches desde entonces, la manera cómo habrán revivido ciertos momentos una y otra vez creyendo que una decisión diferente en algún momento hubiera podido cambiarlo todo.

Creo que ciertas tragedias tienen la facultad de arrastrar a muchos como avalanchas imparables. Creo que el dolor y la culpa poseen numerosas posibilidades y ocasiones fértiles para aparecer e instalarse; creo que en una historia como esta son muchos los que quedan marcados por su sino trágico cuyas historias y sufrimiento no podemos tan siquiera imaginar.