Cartagena…

Cartagena es muchas cosas, como cualquier lugar, y más esta ciudad que ha vivido innumerables cambios y, sobre todo, se ha convertido en un lugar de encuentro de culturas, de diferencias y escenario de numerosos eventos culturales a lo largo del año.
Para mí, hace ya un tiempo que Cartagena es Hay Festival, es decir, la posibilidad de caminar por sus calles a la espera de un conversatorio interesante, tener una hoja en blanco para anotar alguna referencia que me guste, que me sirva, que resuene en mi interior.

Las veces que he venido he escuchado historias que me han gustado, descubierto escritores que me han seducido con su voz y después con sus escritos, he recorrido también el camino inverso, la desilusión en donde había expectativas, pero nunca me he arrepentido de venir.
A veces vengo y falto a una o varias conferencias, y me quedo con las boletas en los bolsillos, porque la vida, para mí, vibra a veces más fuerte que otra cosa y me enredo en una conversación, en alguna calle, y no me importa porque todo pueden ser historias cuando el mundo se vislumbra como un gran libro abierto.
Muchos critican al Hay, lo ven como un gran evento esnobista, puede serlo, ¿cuántas cosas no podrían tener ese calificativo? Yo, por mi parte, creo que hacen esfuerzos grandes por vincular a un mayor número de personas cada año, y que se abren, cada vez más, eventos paralelos al exterior de las murallas en los que varios escritores acceden a localidades usualmente alejadas de lo que ocurre de las murallas para dentro. Probablemente no sea suficientemente. También es cierto que hay mucho de vanidad, de dejarse ver y ser visto, pero es que la gente que es así lo es en todas partes: en la conferencia em Bogotá, en el coctel de “amigos”o haciendo fila en Granahorrar.
A mí me gusta que es una gran fiesta, no deja de conmoverme que un teatro se llene para escuchar a alguien cuyo trabajo consiste en estar solo frente a una hoja de papel. No deja de sorprenderme que se vendan muchos libros durante esos días, que se ponga un tanto de moda leer y que alguna gente considere importante hablar de novelas y libros por unas horas.
Leer y escribir son placeres inmensamente solitarios y de pronto, como por un milagro, acompañados por la magia de una ciudad restaurada para producir magia uno siente, o quiere creer, que en realidad somos muchos, que se puede hablar de libros mientras se almuerza, se toma un mojito o baila una canción, uno siente que la literatura es como un gran corazón latiendo y palpitante, extraño con tantos ventrículos y venas, no siempre hermoso, tan solitario en medio de la oscuridad del pecho, pero, sobre todo, nunca estático, nunca quieto, y siempre haciendo circular vida.