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Enseñar

Por marzo 30, 2008 febrero 23rd, 2015 No hay comentarios
Muchas veces me preguntan que por qué enseño, que qué le veo a ese oficio.
Cuando trabajaba solo en la universidad no me lo preguntaban tanto, quizás sonaba muy serio o respetable. Desde que trabajo también en un colegio me lo preguntan más. A veces la pregunta esconde un tono de ¿pero tú no podrías estar haciendo otra cosa?
Me siento un poco como cuando estudiaba literatura y la gente también se sorprendía: ¿pero y eso para qué sirve?, o eran catégoricos: uy se va morir de hambre (vaticinio que estuvo lejos de cumplirse).

Me sorprende sobremanera que la gente perciba el oficio de la enseñanza como una suerte de fracaso laboral, pensar eso es creer que formar, educar, no vale la pena o, peor, que a eso pueden dedicarse personas menos preparadas, menos inteligentes. Esas mismas personas son las que esperan una educación de calidad para sus hijos, o las que critican a la sociedad y creen que las cosas deberían funcionar de otra manera y señalan al deficiente sistema educativo como una causa de atraso. Paradójico por decir lo menos.
Yo regresé al colegio, es decir, dicto clases en el mismo sitio donde me gradué como bachiller. Eso sí que puede ser extraño. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si tu vida, bajo nuestros parametros occidentales, no avanzara. Los primeros meses eran como sumergerse en el pasado, recordaba cosas todos los días, sensaciones de mi adolescencia. Lentamente eso fue pasando.
A veces creo que todo el mundo debería pasar por esa experiencia del regreso, poder casi que revivir y revisar de una manera tan intensa lo que fueron esos años escolares y después ser capaz de circular por esos pasillos creando nuevos recuerdos.
Ya no pienso en mi adolescencia cuando voy al colegio, ese lugar se ha llenado de nuevas presencias y recuerdos para mí. Fue como saldar una deuda, limpiar dolores. Completamente catártico.
Por otra parte, solo alguien que enseña (y ama ese oficio) sabe lo que se siente el contacto con los alumnos y lo gratificante y enriquecedora que puede ser esta experiencia. Yo enseñé varios años en la universidad, pasar al colegio no fue tan fácil al comienzo pero con sorpresa he descubierto que lo disfruto quizás más que en la universidad.
Claro, muchas veces tu voz se pierde entre tanta hormona y a muchos hay días que les interesa más hablar con el vecino, hacer otra cosa o lo que sea menos escuchar sobre literatura. Pero esos mismos hay días en los que están atentos y silenciosos y muchas, muchas veces piden la palabra y me sorprenden con una afirmación, una pregunta, una historia.
Mis alumnos no saben cómo les brillan los ojos cuando algo de lo que vemos los toca, o cómo yo puedo ver que ahora perciben cosas en las lecturas que hacemos que antes no. No saben tampoco lo que se siente compartir algo tan querido, tan preciado como un texto que se ama y comprobar que a muchos les produce el mismo efecto que a ti.
Mis alumnos no saben que eso que para ellos es una rutina, ir al colegio todos los días, yo no lo percibo así, que mis días son todos diferentes porque por más preparada que tenga una clase, un comentario la lleva a un punto que no pensaba o me muestra otra posibilidad.
Mis alumnos tampoco saben lo mucho que alcanzo a conocerlos en lo que escriben, en lo que dicen y en la manera cómo se acercan a ciertos autores. Para mí, cada clase, es un laboratorio humano viviente que me enseña cada día algo.
Por otra parte, sé que muchas de las cosas que discutimos hoy tendrán más sentido para ellos en unos años y en esa medida enseñar es como sembrar semillas que quizás algún día germinen y den frutos.
Por todas esas razones, y por muchas otras, es que siguo aquí y le veo un sentido a lo que hago.

(Ana ya fue liberada pero Alf continúa secuestrado)