Blog

Breve reflexión sobre la muerte

Por abril 19, 2005 abril 25th, 2018 No hay comentarios
Quisiera reiniciar la actividad en la página para hablar un poco de la muerte que tocó, una vez más, a mi puerta. .
No pretendo hacer un análisis filosófico ni literario sobre el tema, ni más faltaba… Me contento con decir que es difícil acostumbrarse a su presencia aunque uno ya conozca sus señales. Es decir, hace unas semanas vi en la mirada de mi abuelo Carlos, la misma luminosidad que percibí hace años en los ojos de mi abuelo Guillermo. Durante la semana contemplé las fotos del Papa agonizante y era como ver a mi abuelo vestido de blanco. Ninguna muerte se parece, pero en esos dos ancianos sentí el mismo impulso de vivir que se negaba a abandonarlos, la necesidad de comunicarse hasta el final y, en sus últimas horas, tras hacer un amago de recuperación, la entrega al único futuro posible. En los dos casos ya eran sombras de lo que habían sido, ya era difícil reconocer en los rostros angulosos y desgastados sus antiguos gestos y, sin embargo, uno hubiera querido verlos unos años más. Un deseo egoísta claro, miserablemente egoísta, pero por qué no disfrutar un poco más de una sonrisa que se ilumina al verte y de una mano que estuvo junto a ti desde que tienes uso de razón. La muerte de los mayores, nuestros abuelos, nuestros padres conlleva de una u otra forma el temor de perder a aquellos que te protegían, ya sabes, cuando en la noche alguien te abrazaba y de verdad creías que nada malo podrá pasarte. ¿Al extinguirse los guardianes quién cuidará de nosotros?
No deja de ser angustioso afrontar las adversidades del mundo, que son tantas y tan variadas, en solitario y con otros, más pequeños, que ahora toman tu mano esperando que alejes las pesadillas y los miedos.
Sé que la muerte me espera al final del recorrido, confieso que quisiera saltarme esa etapa, que desearía ahorrarme los pormenores de la extinción de mi conciencia (aunque la inmortalidad también me produce horror). Me cuesta imaginar un lugar atemporal en el que podría quedarme al infinito. No sé si mis seres queridos, tantos que he perdido, estén allí y de verdad uno pueda confiar en un reencuentro feliz, a veces eso me suena muy fácil. Por lo pronto, me aferro a mi vida, a mi pequeña vida… no me cuesta respirar en esta tierra de atardeceres amarillos, y libros por leer. He construido la existencia que deseaba para mí y no me quejo, o por lo menos intento no hacerlo todo el tiempo. Lo que sí sé es que el tiempo pasa rápido y que lo poco que se atesora es muy simple, sonrisas esporádicas, conversaciones felices, lecturas inolvidables, en resumidas momentos de feliz comunicación en los que se tiende un lazo hacia otro.
Suena a lugar común, lo sé, pero son momentos esporádicos, raros, que de joven una deja pasar sin miramientos. Comunicarse, comunicación real, no la que venden por ahí o se enseña en las universidades es algo que ocurre muy pocas veces, me siento afortunada de seguir rodeada por personas que un día me escucharon y a las que me encanta oír.
En últimas, esta pequeña reflexión quiere ser un homenaje a los vivos, a los que nos dan fuerzas para seguir hasta que nos encontremos con la muerte, esos vivos que aún pueden leer estas líneas. A los muertos, a esas ausencias cotidianas que son un dolor constante en el pecho supongo que ya no tengo que decirles nada porque espero que el regalo que nos depare nuestro paso al más allá sea habitar por siempre el corazón de quienes nos amaron.