Tras una taquillera primera parte los cuatro jinetes están de regreso.

Ha pasado un año desde su desaparición de los escenarios y durante ese tiempo han estado preparando su triunfal regreso. Sin embargo, tras bambalinas los espera Walter Tressler, uno de los hijos del magnate humillado de la primera parte, que busca cobrar venganza y hacerse a un codiciado chip capaz de infringir cualquier sistema de seguridad.
 
Sin duda es divertido ver un grupo de magos expertos en crear ilusiones y engaños realizar las más difíciles proezas. A esto se suma que la película consigue mantener el ritmo y aunar, una tras otra, largas secuencias de acción. Sin embargo, la verdad, nada de esto es suficiente. El problema radica en que si miramos fijamente, sin distraernos con los guiños simpáticos (sí, el actor Harry Potter es el archienemigo de nuestros protagonistas), dejamos de lado los apuntes chispeantes y los trucos de manos, todo empieza a desdibujarse.

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El guión abusa de sus recursos y la película se convierte en una sucesión de trucos que termina por saturar. Los continuos giros de la historia producen que la trama sea completamente inverosímil y a esto se suma que los personajes y sus conflictos, que hubieran podido hacer que lo anterior no importara y sostener el edificio narrativo, se diluyen. Poco o nada importa el trauma de Mark Ruffalo y  qué decir de los villanos convertidos en meras caricaturas porque, la verdad, es que ni ellos mismos se toman sus maléficos planes muy en serio.

Cuando se encienden las luces la sensación es más bien triste, vimos unos trucos fantásticos, hicieron todo por mantenernos atentos y engañados, pero, de alguna manera, alcanzamos a percibir el doble fondo del armario, adivinar las orejas del conejo oculto en el sombrero y , sobre todo, a pesar de los juegos de luces, vimos las costuras que sostienen la roja tela de satín.

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Diana Ospina Obando

Diana Ospina Obando

Escribir, leer, ver películas, viajar...¿me faltó algo?