Cine

Mar adentro (2004)

Por octubre 2, 2005 noviembre 2nd, 2014 No hay comentarios

Peor que se te muera un hijo es que se quiera morir

De la película de Alejandro Amenábar ya se ha dicho tal vez demasiado. Más allá de insistir en ciertos temas reiterativos hay algunas cosas que quisiera señalar. Lo primero es la capacidad que tiene este joven director para realizar inesperadas “vueltas de tuerca”. Qué más se puede decir del virtuosismo con el que maneja el suspenso en Tesis y en Los otros. (En esta última, es envidiable el despliegue de todo un imaginario gótico y fantástico, reutilizado de una manera original, en la que el terror es producido por algo que no vemos pero que creemos percibir).

En el caso de Mar adentro la vuelta de tuerca está en la capacidad de tratar un tema tan difícil sin caer en la tentación del melodrama fácil, ni en la de haberse centrado en el proceso judicial que vivió Sampedro y realizar una suerte de Philadelphiaibérica en la que el tema ya no fuera el SIDA sino la eutanasia. Amenábar, a mi juicio, consigue mantenerse al margen de esas tentaciones y termina por poner el dedo en la llaga en otro tema: ¿qué nos da razones para vivir?

Ahí están, desnudas frente a nosotros, durante el tiempo que dura la película las preguntas que la humanidad ha intentado contestarse durante siglos, ¿para qué vivir?, ¿qué o quién justifica nuestra existencia? La familia, el amor, la poesía, el servicio a los otros, la compañía de los amigos, razones parece haber muchas pero lo cierto es que ninguna es suficientemente fuerte para hacer a Ramón Sampedro, ese hombre que llora riendo, cambiar de opinión, él no desea vivir más.

 

Somos testigos de las emociones encontradas que su decisión produce a su alrededor porque aceptar sin titubeos que alguien desea morir es, en últimas, aceptar que quizás no hay razones suficientes para convencerlo de lo contrario. Para Ramón pasearse por ahí en una silla de ruedas le parecen simples migajas de lo que fuera una existencia libre y despreocupada en la que recorrió medio mundo antes de los veinte años, estar postrado en una cama, imposibilitado para realizar cualquier movimiento por mínimo que sea (tocar la mano de una mujer) no es vida para él. Nada de lo que haga lo va a devolver a ese instante en el que distraído se lanzó contra un banco de arena, uno de esos pequeños momentos, instantes aparentemente intrascendentes que pueden modificar toda una existencia. Lo otro es un lento transcurrir de amaneceres que sin embargo, lo han hecho más sabio, más dolorosamente humano y conciente de nuestras contradicciones y flaquezas, de nuestro deseo permanente por encontrar una respuesta, un camino un asidero que nos libre de la muerte o de nosotros mismos.

Es por eso que el personaje de Sampedro consigue fascinarnos, porque el ya tiene la respuesta a las preguntas y aunque sea la muerte su única solución eso no deja de ser un canto a la vida, una aceptación trágica sí, pero aceptación al fin de cuentas del destino que le tocó en suerte.

Mar adentro no quiere emitir juicios pero sí termina por demostrar que una historia no es una sola sino que tiene muchos matices, muchos ángulos y que lo que podemos interpretar sobre la vida de los otros no son sino vanos intentos en los que terminamos, teniendo como el cura de la película “una boca muy grande.” Con la última escena, no contento con lo anterior, Amenábar decide hacernos una confrontación final, ¿qué requiere más valor o más cobardía, morir dignamente, o aferrarse a la vida aunque en el esfuerzo terminemos desdibujándonos nosotros mismos?